Ha nacido oficialmente El Desvelo Ediciones. Y de su matriz ha salido ya un pequeño libro (¿blanco, peludo? Noooooooooo). Es magia, es una apuesta y nos hemos sentido acompañados.
Esa peña, gracias. Sin poesía y porque sí.
Aquí están los contactos, algunos en marcha y otros en camino. Esperamos compañía.
mailto: eldesveloediciones@gmail.com (provisional)
www.eldesvelo.com (en construcción)
blog: eldesvelo.wordpress.com
BESUCOS
martes 10 de noviembre de 2009
sábado 17 de octubre de 2009
jueves 15 de octubre de 2009
Pérdidas
B. ha perdido tres kilos desde ese día. Primero perdió el apetito y después, los kilos. Ha dejado escapar un cuarto de litro de agua salada en lágrimas. En medio, ha perdido un tren porque pensó que, tal y como acabó la cita, había perdido una enorme oportunidad en un segundo. Cuando el convoy abandonaba la estación, perdió los nervios porque recordó que la respuesta había sido tan tajante que era difícilmente interpretable. Abandonó a su suerte el raciocinio y desde entonces se le escapa la energía, pierde fuelle y luego no lo encuentra. Sabe que tiene que perder la pista de A. pero, de momento, no ha renunciado a ese extremo.
martes 16 de junio de 2009
Muerte solitaria en un bolsillo
No parpadea. A lo sumo, un pitido te informa de que la batería está a punto de acabarse, de que tu teléfono móvil está próximo a una muerte temporal aunque inquietante.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
H. recorre el paseo marítimo a paso lento. Por momentos, roza la barandilla que separa el asfalto de la arena. Día libre. Día de asueto. Mente en blanco. Tal vez, un vermú.
Sigue paseando. No le importa la hora, pero la costumbre obliga. Sin pensarlo demasiado echa mano al bolsillo del pantalón para comprobar, en formato digital, que le queda todo un día por delante. Pero este gesto inocente, mecánico, quiebra su galvana elegida, su galvana adorada. En la pantalla del teléfono no hay nada. Ni siquiera una pila a medio vaciar. Sin aviso, el móvil ha muerto entre los pligues del vaquero. No se ha dado cuenta del fallecimiento.
Tras un momento de duda, H. se convence. "No pasa nada". Sigue caminando y sigue rozando el pasamanos pintado de azul . Pero su mente ya no planea sobre un vaso de martini, ni recorre la orografía de una aceituna. Sus pensamientos, con cadencia, se dirigen a la pantalla vacía y al enorme abismo que le separa del resto de la humanidad conocida.
El efecto lavadora centrifuga ahora su razón. ¿Cómo avisará de que tal vez no coma en casa? "No pasa nada". H. camina pero, de repente, desconocer el destino conreto de sus pasos, esa mañana de junio, le incomoda, le hace perder el paso. "¿Y si G. decide llamarme ahora, precisamente ahora?". Sabe que sólo lo intentará una vez, dos como mucho. La jornada de G. es como una partida de damas. Si no contesta, dará la media vuelta y se esfumará.
Pero lo peor no sería perder la oportunidad de mirar a los ojos a G., de romper con un machete sus pestañas y bucear en sus pupilas. Lo peor sería que L., infinitamente triste desde hace cinco días, necesitara oír su voz. Está alicaída y le cuesta verbalizar su pesar. ¿Y si le llamara justo ahora, sabiendo que es su día libre, para recorrer el paseo marítimo y tocar la barandilla azul? La voz de la mujer que avisa de que el teléfono está apagado o fuera de cobertura lo deprimiría aún más. Pobre L.
H. se ha detenido junto a una farola. Juega nerviosa con el aparato inerte. "Joder, quedé en avisar a P. Y es el cumpleaños de J." La imagen de su precioso y reluciente cargador de móvil lo tortura. "¿Por qué no lo llevo en el bolso? ¿Por qué hoy no llevo bolso?". H. se enfada consigo misma. Deshace el camino andado corriendo, a pesar de que ayer por la noche tuvo una crisis asmática y sus alveolos pulmonares están levemente resentidos.
viernes 12 de junio de 2009
Noche en vela
Cuando la improvisación consiste en trasladar el puré de verduras del menú del martes al menú del miércoles. Cuando la locura se mide con el reloj de pulsera. Cuando la espontaneidad queda apuntada en la agenda o en la PDA. Cuando lo ingenuo se esconde. Cuando una risa a destiempo es reveladora y muy demostrativa. Cuando la vida cuelga de una percha con sistema antipolilla. Cuando el coro de los demás te avisa del tremendo e irreparable disparate que vas a cometer y asientes, agradecido, y relajas el gesto. Cuando se mira en derredor y cientos de sonrisas horizontales aplauden tu silencio. Cuando defines inmadurez. Cuando llegas a casa, enciendes la luz fluorescente, y la armonía de los tonos tierra, la encimera que resplandece y las especias alineadas por orden alfabético te dan asco. Y vomitas. Y dudas. Y lloras porque los jugos gástricos pueden corroer el esmalte que hace brillar las baldosas de la cocina.
martes 12 de mayo de 2009
Soledades difíciles
Ojos tristes, infinitamente tristones, con una inmensidad de piedra para abarcar. Lleva varios días en que apenas mueve las orejas. Se pasea despistado, disimulando su amargura, su pesadumbre, su tedio. A su alrededor, apenas nadie, apenas nada. Y ni un sólo congénere en cientos de kilómetros a la redonda. El único cerdo de Afganistán dibuja la desdicha con el rabo. Se aburre. Está solo en un país donde es un animal impuro y exótico. Y ahora, para más inri, señalado por una pandemia. Le han aislado. Nadie va a verlo gruñir ni dar saltitos. Creen las gentes que posar la mirada sobre su piel dura, rosada por momentos, les hará estornudar. Creen las gentes que mirarlo de frente, de costado o por detrás, les pondrá de repente enfermos. El cerdo de Afganistán, en su jaulita del zoológico de Kabul, es un proscrito por partida doble. Nunca aspiró a caer bien exceso, a pesar de ser un regalo, pero no a esto... La suya es una soledad difícil, parece que va para largo. Por las mañanas, mira al cielo pero no le alivia en absoluto.
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