La pregunta llegó de sopetón y, por supuesto, opté por un escueto "no sé". Y en voz baja. No había tenido tiempo para deglucir, ni siquiera ensalivar, aquel proyectil verbal cargado de información, sentimientos e interrogantes afilados como puntas de silex de las que se exponen en los museos de prehistoria. Cuando se marchó, hasta creí que había salido del paso con cierta holgura. Pero en cuanto empecé a pensar en lo que realmente pensaba, la temperatura de mi nuca se elevó hasta tal punto que el cierre del collar de plástico acabó por fundirse.
Sólo hubiera necesitado un poco más de tiempo. Quizá menos de un minuto. Tiempo para posar sus palabras y encontrar las mías. Como cuando se abre un álbum de fotos y se encuentra la cara de la prima que murió o del prao donde corrías de pequeña. Hay un espacio temporal impreciso donde los nombres y los flashes vitales se entrelazan, provocando el nacimiento de un recuerdo.
Las despedidas, los semáforos, las paradas de autobús, los sms; las preguntas que llegan de sopetón. Tiempo para pensar, para respirar profundamente, para palpar, para entender, para encontrar, para dormir (con o sin sueño), para jugar un rato. La tortilla de patata y el bizcocho de limón salen mejor por la mañana. No es del todo medible (aunque se recomienda poner un límite para no terminar, por descuido, en la caverna de Platón). Es reparador.
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3 comentarios:
Un momento, que pruebe a ver...
¡Anda, pues sí que puedo dejar comentarios! Es que me hice un correo de Gmail que no utilizo casi nunca, y guardaba la contraseña por ahí.
Pues nada: que añado este blog a mis favoritos y que rule. Muchas gracias por enlazarme desde el suyo. No lo abandone Usted mucho, que seguro que tiene muchas cosas que decir.
Un abrazo.
Es que hay veces que no se tiene tiempo para reflexiones... Es así de duro.
Llego desde el blog de Don Micro, respaldada como está usted por el Pececito de Color (Reb).
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